Necesidad de aprobación: el precio invisible de buscar permiso
¿Cuándo dejamos de buscar una opinión y empezamos a buscar permiso? Una reflexión sobre aprobación, coherencia, seguridad personal y liderazgo.
Hay una pregunta que parece muy razonable, pero que a veces esconde algo más profundo:
“¿Tú qué harías en mi lugar?”
Escuchar otras miradas puede ayudarnos muchísimo. Nos permite ampliar nuestra perspectiva, ver algo que quizás no estamos viendo y tomar decisiones con más información.
El problema aparece cuando dejamos de buscar una perspectiva y empezamos a buscar permiso.
Permiso para cambiar de trabajo.
Para terminar una relación.
Para decir que no.
Para poner un límite.
Para cobrar lo que creemos que vale nuestro trabajo.
Para tomar una decisión que otros quizás no entiendan.
Y, sin darnos cuenta, podemos terminar recorriendo nuestra vida con una especie de comité imaginario al que consultamos cada decisión.
¿Qué van a pensar?
¿Se molestarán?
¿Estarán de acuerdo conmigo?
¿Los voy a decepcionar?
Cuando la aprobación se disfraza de consideración
La necesidad de aprobación no siempre se presenta de una forma evidente.
A veces se parece a ser considerado.
A querer evitar conflictos.
A pensar mucho las decisiones.
A preocuparse por los demás.
Y todas esas cosas pueden ser valiosas.
Pero existe una diferencia importante entre considerar al otro y entregarle nuestro criterio.
Cuando necesito que los demás estén de acuerdo conmigo para sentir que estoy tomando una buena decisión, poco a poco empiezo a poner mi tranquilidad en algo que no puedo controlar.
Porque puedo explicar mis razones.
Puedo escuchar.
Puedo intentar comprender.
Pero no puedo controlar cómo otra persona interpretará mi decisión.
Y ahí aparece algo que veo con frecuencia:
Podemos pasar tanto tiempo intentando no decepcionar a los demás que terminamos postergándonos a nosotros mismos.
Esto también ocurre cuando lideramos
Hay líderes que postergan conversaciones difíciles porque no quieren incomodar.
Que suavizan tanto lo que necesitan decir que el mensaje termina perdiendo claridad.
Que mantienen decisiones con las que ya no están de acuerdo porque cambiarlas puede generar críticas.
O que buscan tanto consenso que terminan alejándose de su propio criterio.
No necesariamente porque les falte capacidad para liderar.
Sino porque pertenecer, ser queridos y sentirnos aceptados son necesidades profundamente humanas.
El desafío no está en dejar de considerar a los demás.
Está en aprender a reconocer desde qué lugar estamos tomando nuestras decisiones.
Hay una pregunta que puede ayudarnos mucho:
¿Estoy buscando una perspectiva que me ayude a pensar mejor o estoy buscando aprobación para sentirme tranquilo con mi decisión?
La diferencia puede parecer pequeña.
Pero cambia completamente el lugar desde el que actuamos.
Escuchar al otro sin dejar de escucharnos
Crecer en seguridad personal no significa que deje de importarnos lo que los demás piensan.
Tampoco significa hacer siempre lo que queremos sin considerar el impacto que tenemos en otros.
Significa poder escuchar otras miradas sin desaparecer nosotros de la conversación.
Puedo considerar tu opinión.
Puedo entender que mi decisión te incomode.
Puedo reconocer tus necesidades.
Puedo incluso dudar.
Y aun así preguntarme:
¿Qué pienso yo?
¿Qué siento yo?
¿Qué necesito?
¿Qué decisión es coherente conmigo?
Porque, finalmente, liderarnos también tiene que ver con eso:
Liderarme también es buscar coherencia entre lo que pienso, lo que siento y la manera en que elijo actuar.
Y desde ahí aparece una idea que para mí es fundamental:
Puedo considerar al otro sin postergarme a mí.
No significa dejar de cuidar los vínculos.
Significa dejar de construirlos a costa de nosotros mismos.
Hay decisiones que nunca recibirán aprobación unánime.
Hay límites que alguien no entenderá.
Hay caminos que tendrán sentido para nosotros mucho antes de que tengan sentido para quienes nos rodean.
Y quizás una parte importante de aprender a liderarnos sea justamente poder sostener esas decisiones con respeto, pero también con coherencia.
No desde la rebeldía.
No desde “no me importa nadie”.
Sino desde un lugar mucho más sereno:
Puedo escuchar al otro sin dejar de escucharme a mí.
¿Hay alguna decisión que estés postergando porque, en el fondo, todavía estás esperando que alguien más te dé permiso?
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